Acostumbramos pensar en textos religiosos, de cualquier variante, como objetos sagrados que habremos de aceptar o negar enteros basados en nuestra fe. Los juzgamos en su totalidad a pesar de que filósofos como Jung o Newmann discutieron extensamente una peculiaridad de estos: poseen un profundo carácter filosófico cuyas metáforas mantienen una intrínseca y continua aplicabilidad sobre la conducta humana. Ejemplifiquemos esto con una noticia actual: el caso de Alexi McCammond, ex-editora en jefe de la revista “Teen Vogue”.
McCammond conservó el puesto por un mes, aproximadamente. Al principio de su periodo laboral resurgieron tweets suyos considerados racistas publicados hace una década, cuando tenía 17 años. Los dueños de la revista consideraron que eran inexcusables, a pesar de que McCammond se hubiera disculpado extensamente por su comportamiento y removido el contenido en cuestión antes de siquiera conseguir el puesto. La situación culminó con otra disculpa pública de McCammond, su renuncia al trabajo y una denuncia generalizada contra su persona. Actualmente, algo que hagamos o digamos en la adolescencia puede repercutir en nuestra vida adulta permanentemente.
Analicemos ahora el capítulo 9 del Evangelio de San Juan. Jesús ha llegado a Jerusalén, donde un grupo de Fariseos (una secta conocida por la precisa adherencia a la tradición y ley judía) lo presentan con una mujer casada. Esta mujer fue descubierta teniendo relaciones sexuales con alguien que no era su marido. Acto seguido, preguntan a Jesús si deben apedrear a la mujer hasta su muerte como castigo por adulterio – como lo indica su ley.
A Jesús se le pone en una encrucijada; podría decir que no está mal tener un amorío (condonando algo visto como inmoral por la sociedad) o bien, podría decidir ser tan estricto como las autoridades judías que tanto criticaba (contradiciendo así su postura como predicador de paz y amor).
Jesús elige sus siguientes palabras cuidadosamente. No rechaza categóricamente el derecho de la turba a apedrear a la mujer – solo añade una pequeña pero clave consideración. Pueden lapidar a la mujer si, y solo si, están absolutamente seguros de que ellos nunca han hecho nada malo. No alude al que ellos nunca hayan cometido adulterio. Él se refiere a que nunca hayan hecho nada malo en ninguna área de sus vidas, de ninguna forma, -jamás-. Solo la absoluta pureza moral nos da el derecho de ser tajantes e implacables hacia nuestros agresores.
Aquí se introduce un concepto ético importante: se nos considerará completamente inocentes no cuando no hayamos transgredido a la sociedad en algún tema específico sino cuando nunca hayamos hecho nada malo, en ningún momento y bajo ninguna circunstancia. Si hemos tenido algún desliz ético en cualquier campo, incluso alguno muy lejano al tema que estemos tratando, tenemos el deber de estirar nuestra empatía para identificarnos de alguna manera con el malhechor. Aunque no hayamos cometido ese crimen específico, todos estamos entrelazados con el acto de pecar – y, por tanto, debemos perdonar, ofrecer caridad y clemencia.
La respuesta de Jesús resuena aún: “Aquel de ustedes que esté libre de pecado, que tire la primera piedra”. El tema central de la historia abarca un componente de toda alma humana: la pretensión de superioridad moral. Esta es en esencia el deseo desmesurado de estar en lo correcto. El problema con esta pretensión radica en su fatídica tendencia a pintarnos como moralmente impecables en todas las áreas de nuestras vidas. Esto nos incita a adoptar un comportamiento especialmente cruel hacia personas que han errado en áreas donde nosotros hemos sido buenos.
La sociedad pos-moderna se ha inclinado por el un activismo en redes sociales enfocado en “cancelar” a figuras que demuestren, o hayan demostrado, conductas incorrectas. Comenta el filósofo Slajov Zizek que la sociedad moderna ha cambiado la complacencia moral de los antiguos valores judío-cristianos por el placer que trae la renuncia ideológica y sistemática a estos. Como en el caso de McCammond, en lugar de darle la oportunidad de reivindicarse, se le siguió apedreando por el mismo error ¡diez años después! El premio que recibió por disculparse y dedicar su carrera entera a la difusión de ideologías inclusivas fue perder su trabajo. El punto de Jesús es que, para ser comprensivos, debemos evitar estar orgullosos de no haber cometido alguna especie muy particular de mal – ya que el secreto recae en reconocer que, inevitablemente, hemos sido crueles y míseros por momentos. Al reconocerlo, podremos fomentar compasión hacia aquellos a quienes está en nuestro poder “apedrear”. Paradójicamente, solo así podremos tener una sociedad propiamente compasiva.
Así que, aquel de ustedes que esté libre de pecado, que cancele la siguiente idea.